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martes, 3 de marzo de 2009

La lectura: escena III

Mataría por un libro.

Siempre me dijo mi mamá que matar estaba mal, golpear y hacer todas esas cosas para descargar mis nervios, también estaban mal. Me castigaba tan solo con su mirada. Ella, como yo, también dudaba de mi capacidad de escribir, pero lo único que nadie logró robarme fue el amor por la lectura. Debo de reconocer, reconocerme , que nunca pude con la culpa de no hacer otra cosa, pero nadie logrará en su existencia borrarme de la mente esos momentos de rabia, en los que una niña rubia, pequeña, dejaba sus piernecitas correr en medio del llanto; para esconderse en la pieza a leer cuentos de terror o policiales. Eso nunca me lo enseñó la escuela, pero siímis papás, que incluso en épocas de crisis, tratándose de literatura, gastaban sus ahorros en libros para mí.

Qué feliz me sentía, sí Porque ante la imposibilidad de escribir, o de hacer realidad todo lo que estaba mal, me ponía a leer. Mi súper-yo, extremadamente moral y represor, me decía que matar estaba mal, que pegar estaba mal; como mi mamá, mientras la lectura me hizo sentir que satisfacía esos deseos escondidos.

Repito, que feliz me sentía al leer en alguien más, lo que yo nunca pude decir, y encima decorado con bellas palabras. Eso sigue siendo hoy, la mejor terapia…

Jésica López

martes, 24 de febrero de 2009

Cómo explicar la ansiedad...
la prisa de encontrar el momento,
la avidez de estar sola.
Necesidad de un tiempo mío,
conectada con la fantasía
tan cercana a mí, tan parte de mí.

El placer de la quietud en la mañana,
casi al alba, cuando todo duerme.
Entreabriendo lo añorado.

Deleite es la palabra, no puede haber otra para mí.
Deleite mi sentir, mi ver, mi oler, mi tocar.
Mágicamente, envuelta en palabras de otro me voy,
me fui. No vuelvo, no quiero.

Mientras vuelo ruego
que no termine...

Deleite,
degustando el relato exquisito
de matices y sabores nuevos,
conocidos, míos también.

Este instante se eterniza en un presente en plenitud.



Ana Serarols

miércoles, 18 de febrero de 2009

La lectura: escena II

Era nuevo. Mi hermana y yo lo percibimos muchos antes de que mi mamá lo dejara sobre la mesa. ¡Sí! Un libro nuevo. Una nueva historia a la espera de ser descubierta. Pero… ¿quién sería la primera en leerlo? ¿Mi hermana o yo?
Como cazadoras en busca de una nueva presa, olisqueamos el aire hasta sentir que nos embriagábamos con el aroma a novedad, la esencia de las páginas y la cubierta. Corrimos hacia él casi, diría, con las bocas echas agua. Como dos duelistas nos enfrentamos, una delante de la otra y, por supuesto, libro de por medio.
Los ojos de mi hermana se desviaron de mi rostro para contemplar fugazmente, pero con anhelo, el preciado libro del cual no sabíamos ni su título. Sin embargo, poco importaba.
Como buena tramposa, me arrojé sobre él. Casi lo tenía sobre mis manos hasta que esa mujer (sí, mi madre) vil y cruel me lo arrebató antes.
— Es mío, por lo tanto lo leo primera.
Se encerró en su pieza sin voltearse siquiera. Mi hermana y yo nos miramos. La supervivencia del más fuerte. En este caso nuestra madre.
Magalí Varela

lunes, 16 de febrero de 2009

La lectura: escena I

Mi espacio “íntimo” de lectura

Vivir en Hurlingham y trabajar en el Microcentro fue mi rutina durante muchos años: tres horas diarias de mi vida arriba de trenes y subtes, un tiempo muerto, irrecuperable. De pie la mayor parte de las veces, otras, sentada, mi única revancha era la lectura.
Recuerdo la muerte absurda de Juvenal Urbino, intentando recuperar al loro escapado de su jaula, en “El amor en los tiempos del cólera”; me parece que ocurrió entre las estaciones Martín Coronado y Bosch. O el final de una novela de Osvaldo Soriano, “La hora sin sombra”, esta vez entre Once y Morón, Ferrocarril Sarmiento. Lloré sin pudor, si total, ¿a quién le podía importar en ese vagón repleto?
Pero lo que recuerdo más vívidamente es la lectura de “Palabras iniciales” de Roberto Fontanarrosa. Me senté en Lacroze y apenas comencé con “Puto el que lee esto…” no pude parar de reírme, pero con todo el cuerpo, me sacudía de risa, a carcajadas. Y bueno, el tipo que dormía sentado al lado se despertó y me fulminó con la mirada. ¡Qué impertinente!... ¡dormir en el tren cuando una lee a Fontanarrosa!

Laura Aliaga (T.T.)

Kafka y la muñeca

Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora, su pareja, lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?
Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. ¡Tres semanas! Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la mueca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.


The Brooklyn Follies, de Paul Auster.